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lunes, 18 de mayo de 2015

Con arena en los zapatos – Marruecos 2015


Como soy nuevo en esto de contar mis historias me pasa que no sé muy bien cómo empezar, así que esta vez no me voy a complicar  y voy a transcribir casi literalmente la llamada a mi familia cuando llegue a Barcelona.

Ringgg Ringggg Ringggg (tono de mi móvil, para algunas cosas soy todo un clásico)

¡¡Hola!!, ¿qué tal por Marruecos? (única frase que pronuncia la familia antes de que mi voz invada la conversación convirtiéndola más bien en un monólogo).

¡¡¡BRUTAL!!!

De principio a fin me ha encantado, aunque algunas veces lo hemos pasado un poco mal por el tema del agua, la comida y los parches para reparar los pinchazos de las ruedas. Pero bueno empiezo por el principio.

En cuanto llegamos al aeropuerto de Fez nuestra primera tarea fue convencer a los agentes de aduanas que lo que llevábamos realmente en las bolsas eran bicicletas, ya que insistían en que con esas ruedas tenían que ser motos. Tuvimos que enseñar fotos, casi sacarlas y luego David tuvo que firmar un papel como que eran suyas y no veníamos a venderlas.

Superada la aduana ya nos pusimos a montar las bicicletas ante la atenta mirada de todos los que andaban por allí, porque las Surlys fatbike van bien para todo menos para pasar desapercibidos.

Perfectas gracias a transportarlas en las bolsas Vaude solo hay que montarlas y empezar a pedalear.
Nada más salir del aeropuerto dirección al albergue que teníamos reservado, en tan solo 15 kilometros  ya uno se va dando cuenta que Marruecos es diferente, hay normas y señales de circulación sí, pero hay otras normas que dudo mucho que estén escritas en ningún manual pero que son socialmente más respetadas. Gente que van sin casco en la moto, coches que multiplican sus plazas, personas a caballo contra dirección, gente cruzando por donde quiere, autobuses que paran en medio de la carretera a que suba gente, adelantamientos frenéticos,  intermitentes menos utilizados que en España… una locura si, pero al parecer con cierto sentido ya que en 11 días no vimos ningún accidente.

Buscando donde comer a nuestro paso por Erfoud
Fez y en general Marruecos por encima del Atlas me sorprendieron a nivel de paisajes, un incrédulo como yo se lo imagina todo marrón y sin vegetación y no, es bastante más verde. Aunque también tengo que decir que al cabo de unos días nos enteramos que este año había sido el más lluvioso desde hace 20 años y algo podía tener que ver.

Fez, del barrio nuevo en dirección a los barrios más antiguos.
Jardin Jnan Sbil y parte de su vegetación.

El Atlas, teníamos que cruzarlo camino a Rachidia
Gracias a esa información le dimos explicación a la multitud de colores que vimos en el desierto cuando empezamos la ruta en Rachidia. Si mirabas al suelo sí era marrón, pero en cuanto levantabas la mirada gracias a las pequeñas plantas que habían crecido se veía el desierto morado, amarillo, verde…







El desierto es pura aventura, es increíble experimentar nuevas sensaciones como el sentirse aislado, estar a kilometros de distancia de cualquier población, dormir tranquilamente con la única necesidad de un saco y una esterilla, tener limitada el agua y la comida porque no tienes muy claro cuando volverás a tener la oportunidad de obtener más.

Esto nos pasaba en primer lugar con el agua. Sabíamos gracias a David que había investigado algo la zona, que existían pozos de donde los bereberes sacaban agua. Nosotros llevábamos entre los dos quince litros pero sabíamos que no sería suficiente y más consumiendo cinco litros diarios cada uno. No sé cómo describir la sensación cuando encuentras un pozo, es pura ilusión saber que podrás beber todo lo que quieras sin limitación. Teníamos todo lo necesario para potabilizar el agua pero la desilusión o el drama viene cuando nos damos cuenta que el agua está a unos 30 metros de profundidad y la cuerda, polea y cubo necesarios para sacarla al parecer cada uno lo tiene que traer de casa. Menos mal que la suerte y el desierto estuvieron de nuestro lado y en dos de los pozos llegaron bereberes a aprovisionarse y muy amablemente nos cedieron todo lo necesario, eso sí, ellos utilizaban su caballo o burro para que tirara de la cuerda, mientras que a nosotros si queríamos agua teníamos que tirar de la cuerda nosotros. ¡El bereber se descojonaba de mí!

Casi sin agua por fin llegamos a un pozo sin cuerda, menos mal que coincidimos con unos lugareños.
Ellos utilizan los burros pero nosotros teníamos que ganarnos nuestro agua.
Aprovechando las horas en la sombra para potabilizar agua.
¡¡¡Otro pozo pero este con polea y cuerda!!! ¡¡¡Alegría!!!
El segundo lugar en preocupación lo tenían los parches para arreglar los pinchazos. Ha sido un viaje en este sentido agotador, no hemos dejado de pinchar. Arreglábamos pinchazos por la noche y por la mañana volvían a estar las ruedas sin aire, volvíamos a desmontar y encontrábamos más pinchazos. En tres días agotamos las 3 cámaras que llevábamos de recambio y los 22 parches. La situación se vuelve tensa cuando te quedan kilometros para llegar a una población y saber que a poco que pinches tendríamos que arrastrar la bicicleta.

Una imagen más que habitual, arreglando pinchazos de día y de noche.
Y en tercer lugar la comida. De primeras compramos la comida bastante justa pero lo que remato la aventura es que compramos unos paquetes de supuesta  mortadela que claro no era de cerdo. La mitad de nuestras provisiones era este alimento y ¿cuál es  nuestra sorpresa cuando la hincamos el diente? Pues… en resumidas cuentas ni cuando se nos había agotado la comida éramos capaces de comer eso. Hasta un día opte por untarla con nocilla por si acaso era factible y tampoco. Así que entramos en modo racionalizar más aún la comida y vivimos momentos de cenar una sardina y media por cabeza con un trozo de pan de pita y momentos de solo tener en el estómago una galleta, eso sí, de chocolate, pura energía para pasar un día entero.

Así pasó,  que a 15 kilometros de la población más cercana y en pleno atardecer me dio un mareo sintiendo que mi cuerpo estaba vacío, incluso el beber agua me producía arcadas. Necesitaba ingerir alimento, por lo que llegar a una población ya era una cuestión urgente. Menos mal que David puede tirar y tirar y va siempre fresco como una lechuga a la sombra, se colocó delante y redujo su velocidad drásticamente para que yo pudiera seguir su rueda a duras penas. Tras ese esfuerzo muy cerca de Erfoud encontramos un camping donde no hay palabras para explicarlo, es algo que solo sabrán los que han tenido alguna vez que racionar sus alimentos llegando a pasar hambre y sed. Sé que David y yo recordaremos durante mucho tiempo la cena que nos metimos en el cuerpo, fue ¡¡¡brutal!!!

Pasamos hambre si, pero aprendimos la lección y había que solucionarlo.
Al día siguiente compramos todo lo que necesitábamos para seguir. Incluso un turbante para cada uno, en color azul, que es el color que llevan los nómadas.  Y ya más mimetizados que nunca con el entorno proseguimos ruta hacia las dunas de Erg Chebbi.


Como cambia la historia cuando tienes todo lo que necesitas, agua, comida, parches, turbante… Así proseguimos tranquilamente, disfrutando de los paisajes y viendo las dunas cada vez más cerca.

















Cuando llegas a las dunas impresionan, que cambio de paisaje, todo es arena y cielo, no hay nada más y creo que por eso es tan relajante contemplarlas. Es la misma sensación que cuando observas el mar, es tranquilizador y te invita a detenerte sin que nada más te distraiga.







Otra historia es rodar por ellas. Cuesta bastante y menos mal que vinimos con las fatbike de Surly porque si no hubiera sido imposible. En un primer momento resulta bastante torpe hasta que no le coges el truco, bajar la presión de los neumáticos,  ir con desarrollos cortos e intentar ir por las crestas ya que la arena parece estar más compactada. Algo que reducía enormemente la posibilidad de rodar más cómodos por este terreno era el exceso de peso que llevábamos al tener que llevar la casa a cuestas.  Era tal la “fragilidad” del suelo si intentabas ir por la falda de la duna que si plantabas el pie desaparecía entero hasta por encima del tobillo, engullido por la arena, dejándonos claro porque esta aventura la titulamos -con arena en los zapatos-. Aun así disfrutamos de ellas como niños, solo por contemplarlas habría merecido el esfuerzo de llegar hasta ellas, pero la recompensa es mayor cuando puedes rodar por ellas.

Lo siguiente fue ya llegar a Merzouga, donde decidimos poner punto y final a nuestra ruta en un lago impresionante, que por lo visto estaba así por eso del año más lluvioso, aunque era arriesgado meterse ya que el suelo era todo fango.

Punto y final de nuestra ruta en bicicleta.
Como tuvimos que recortar la ruta prevista volvimos a Fez un día antes de lo previsto así que tuvimos dos días enteros para descansar y conocer una de las cuatro ciudades imperiales de Marruecos y ya de paso comer un buen cous-cous por la Medina.

Ahora es cuando acabo mi monologo y suena en el teléfono un…cri cri, cri cri.¡¡¡¡¡Se me duerme la gente!!!!! 

Fuera de bromas, para mí esta aventura ha sido impresionante, he aprendido un montón, he disfrutado como un niño  y creo que me he hecho un poco más fuerte de cabeza para afrontar otros retos que están por venir.

¡¡¡Y me he quedado con la sensación de que repito seguro!!!

9 comentarios:

  1. Alucinante express!!

    Una aventura cojonuda :)

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  2. ¡¡¡Que pasada de viaje!!! estáis locos ^__^
    ¿Y esas sillas en medio del desierto? jajaja me ha encantado

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  3. Pedazo viaje!!! Este blog mejora con cada entrada. Ha sido tan buena la entrada, que me sentido como si estuviese a tu lado, con la misma sensación de jodido y de satisfacción simultánea.

    Muchas felicidades!!!

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  4. Me alegro que os guste! Vuestros comentarios animan a seguir trabdisfrutando de aventuras jeje :)

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  5. Ey Joan!!! te superas en cada historia, me ha encantado.
    Por cierto, no has contestado a Kodomis ... ESAS SILLAS???

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  6. Me encanta que te encante Francesc :) Las sillas nos las encontramos en lo alto de una duna, había un hotel cerca, así que nos imaginamos que algún lumbreras no le importo cargar con ellas para sentarse tranquilamente a contemplar ese magnifico paisaje.

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  7. Pues viendo la foto, cierro los ojos y me imagino el estado de felicidad que debisteis de sentir sentados contemplando semejante belleza.
    Bravo!

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  8. Hay que vivirlo Francesc!! A entrenar y cuando organicemos un viaje te apuntas! Vivirás una bonita aventura :)

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